Los carteles antiguos son un diccionario en sí mismos: casi cada línea trae un término del oficio. Foto: José García y Ramos · Public domain
Suena el pasodoble, se abre la puerta de cuadrillas y alguien dos filas más atrás comenta que el segundo de la tarde «viene bien armado». El que va por primera vez asiente por educación. No ha entendido nada.
Pasa siempre. El vocabulario del toreo se formó en el campo y en el ruedo, no en los libros, y arrastra palabras que en castellano corriente significan otra cosa. Un tercio no es una tercera parte cualquiera. Con dos docenas de términos se sigue una corrida entera sin perder pie.
Antes de que salga el primero
El paseíllo es el desfile inicial: los matadores delante y detrás sus cuadrillas. La cuadrilla es el equipo de cada espada: banderilleros —o subalternos— y picadores.
El ruedo es la arena. Se divide en tres anillos: las tablas, junto a la barrera; los tercios, la franja intermedia; y los medios, el centro. Ojo con «tercios»: la misma palabra nombra las tres fases de la lidia. Ahí empieza el lío.
El callejón es el pasillo que corre por dentro de la barrera. Los burladeros son esas paredes cortas tras las que se refugia el torero.
Los tres tercios de la lidia
Cada toro se lidia en tres partes. Un clarín desde el palco anuncia los cambios.
Primero, el tercio de varas. Sale el picador con el caballo protegido por el peto y clava la puya en el morrillo, el bulto de músculo del cuello. A ese encuentro se le llama puyazo o vara. Es la fase que más se discute en el tendido, porque buena parte de lo que el toro dé luego se decide justo ahí. El recién llegado suele mirar hacia otro lado. El aficionado no le quita ojo.
Después, el tercio de banderillas. Tres pares, por norma. Los pone la cuadrilla, salvo cuando el matador prefiere hacerlo él.
Y al final el de muleta y espada, llamado tercio de muerte o suerte suprema. El matador brinda —dedica el toro a alguien del público o a la plaza entera— y empieza la faena. Esa es la palabra que más veces oirá en toda la tarde.
Cómo habla el tendido del toro
Aquí el recién llegado se pierde del todo. El aficionado no describe al animal: lo juzga, con un código que da por sabido.
- Trapío. La presencia del toro, su aspecto de conjunto. Uno «con trapío» impone nada más salir.
- Bien armado. De cuerna grande o bien colocada. Si las puntas apuntan hacia arriba se dice veleto; si son delgadas, astifino.
- Bravo. El que embiste por su cuenta, sin que haya que ir a buscarlo. Lo contrario es el manso, que se defiende y busca las tablas.
- Noble. El que va franco a la tela y no busca el cuerpo del torero. No es sinónimo de bravo, aunque se confundan.
- Humillar. Bajar la cabeza al pasar. Es lo que permite los muletazos largos.
- Querencia. El punto del ruedo al que el toro tiende a volver una y otra vez.
- Rajarse. Rendirse a mitad de faena, dejar de acudir.
Ninguno de esos términos es neutro.
Diccionario rápido para el tendido
El resto cabe en una tabla. No hay que aprendérsela: sirve para volver.
| Palabra | Qué es en realidad |
|---|---|
| Capote | La tela grande de dos colores. Se maneja a dos manos y solo en los primeros tercios. |
| Muleta | La roja, más pequeña, montada sobre un palo. Solo aparece en el último tercio. |
| Verónica | El lance básico de capote, con el torero de frente y los pies quietos. |
| Natural | Muletazo con la mano izquierda. Se tiene por el más comprometido. |
| Estocada | La entrada a matar con el estoque. Si queda torcida o baja, se dice caída. |
| Descabello | El golpe final con una espada corta, cuando el toro no cae. |
| Aviso | Toque de clarín: al matador se le agota el tiempo. Si se acumulan, el toro acaba devuelto a corrales. |
| Indulto | Perdonar la vida al toro. Ocurre pocas veces. |
El palco, el público y los premios
Quien manda es la presidencia, en el palco. Ordena los cambios de tercio y concede los premios sacando pañuelos por la baranda. El blanco es el que más se ve; los demás cambian según el reglamento de cada sitio, y ni los abonados de toda la vida se ponen de acuerdo.
Cuando la faena gusta, el público saca los suyos y pide. Eso es la petición. Si la presidencia la atiende, se corta una oreja; si la tarde ha sido de las grandes, dos. Por encima queda el rabo, que casi nadie llega a ver en directo.
Sin trofeo también hay reconocimiento: la vuelta al ruedo, o simplemente saludar desde el tercio, montera en mano.
Lo contrario suena más fuerte. A la desaprobación cerrada se le llama bronca; cuando el público se limita a silbar, se habla de pitos o de una silba. La diferencia se nota a los diez segundos.
Cuatro confusiones habituales
«Torero» vale para cualquiera que se vista de luces. Matador, en cambio, solo para el que mata; los de la cuadrilla no lo son.
Una corrida se lidia con toros ya hechos. Si el ganado es más joven, se llama novillada y quien torea es novillero.
El traje de luces no se llama así por presumido: los bordados devuelven el sol.
Y «plaza» es el edificio, pero también la tarde entera. Cuando alguien dice que la plaza estaba fría, no habla del tiempo que hacía.
Con esto se aguanta una corrida sin consultar el móvil cada dos minutos. El resto se pega oyendo. Y siempre hay alguien al lado con ganas de explicarlo, se lo hayan pedido o no.