Apuntes

Los tres tercios de la lidia: varas, banderillas y muleta

18 de mayo de 2026

El segundo tercio: el banderillero cita en carrera y clava al cuarteo. Foto: Francisco Gonzalez (recorte) · CC BY 2.0 · fuente

El toro sale al ruedo y durante unos instantes nadie lo torea de verdad. Los subalternos lo corren con el capote, a una mano y a la otra, mientras el matador mira desde el burladero cómo pisa la arena y hacia qué lado se revuelve. Ese reconocimiento dura poco.

Lo que viene después tiene un orden fijo.

Un festejo de toros no es una sucesión libre de suertes. Es una secuencia partida en tres tramos, llamados tercios, que se dan siempre en el mismo orden y con los mismos oficios interviniendo en cada uno. Cambia el toro y cambia el torero. El esqueleto se mantiene.

Por qué la lidia se divide en tres

El toro pisa la arena entero. Llega con toda su fuerza, con el cuello alto y, por norma, sin haber tenido antes delante a un hombre a pie. Así no se le puede torear con la muleta: embiste demasiado rápido y lleva la cara muy por encima del pecho del torero. Cada tercio modifica ese estado. El orden no es intercambiable.

Una advertencia, porque la palabra despista. Tercio nombra también la franja intermedia del ruedo, la que queda entre las tablas y los medios. Aquí se habla de la otra acepción, y de las que despistan igual hay una lista aparte.

El tercio de varas

Suena el clarín y entran los picadores, montados, con el caballo protegido por el peto. Llevan una vara larga rematada en una puya cuyas medidas fija el reglamento.

El toro embiste al caballo. Es también el momento en que el público lee al animal: lo que se mide ahí es la casta, no la fuerza. El picador espera, encaja el empuje y coloca la puya en el morrillo, esa masa muscular que el animal levanta sobre el cuello. No es un trámite. De cómo entre el toro al caballo se saca la primera lectura seria de lo que hay dentro: si arranca desde lejos o si se sale suelto en cuanto siente el castigo. Y hay un efecto físico: le baja la cara y le resta parte de la velocidad de salida.

Entre vara y vara aparecen los quites. El matador se lleva al toro del caballo con el capote, y ahí suele verse el primer temple de la tarde. El número de puyazos no está escrito de antemano: depende de lo que pida el animal y de cuándo decida la presidencia cambiar el tercio.

El tercio de banderillas

Cambia el tercio y el ruedo se queda sin caballos. Entran los banderilleros, subalternos de la cuadrilla del matador, con dos palos cortos adornados de papel y con un arpón en la punta.

Por norma se colocan tres pares. El banderillero cita y cruza la trayectoria del toro para clavar en carrera, casi siempre al cuarteo, aunque hay otras formas, según convenga al animal. Algunos matadores banderillean ellos mismos sus toros.

Este tercio arrastra fama de adorno y no lo es. Después de las varas el toro tiende a quedarse parado; las banderillas lo despiertan y lo ponen otra vez en movimiento. Sirven además para corregir. Si el animal derrota hacia un pitón, o si se queda pegado a un terreno de la plaza, el sitio donde se clave ayuda a enderezar eso antes de que salga la muleta.

El último tercio: muleta y espada

Aquí el matador se queda solo. Brinda la muerte del toro, a la presidencia o a alguien del tendido, y sale con la muleta, un paño bastante más pequeño que el capote y sostenido por un palo.

La faena se ordena en series de pases, por un pitón y luego por el otro, con pausas entre ellas. Lo que se persigue es ligar: que un pase lleve al siguiente sin que el toro se pare. Los subalternos permanecen quietos en los burladeros y solo salen si hace falta colocar al toro o sacar al matador de un apuro. Nadie más torea.

El tercio acaba con la entrada a matar. Si el toro no cae, el matador recurre al descabello. Y el reloj corre: pasado el plazo que marca el reglamento la presidencia manda un aviso, luego otro, y si se agota el último el toro vuelve vivo a los corrales.

Quién interviene y en qué momento

El picador trabaja unos minutos y se retira. El banderillero anda en el ruedo casi de principio a fin, aunque solo se le mire cuando clava.

El reloj lo lleva el palco

Ningún torero cambia de tercio por su cuenta. La orden sale del palco presidencial: el presidente saca un pañuelo blanco, suenan los clarines y solo entonces se retiran los caballos o entran los banderilleros. Pañuelos de otros colores sirven para otras decisiones, desde devolver un toro hasta conceder trofeos.

El presidente suele contar con un asesor taurino y con asistencia veterinaria, pero la decisión es suya y se toma en caliente, con el toro moviéndose abajo. Adelantar el cambio o retrasarlo altera la lidia entera: un toro con un puyazo de más llega a la muleta distinto que uno con un puyazo de menos.

Y de ahí una escena que al espectador nuevo le desconcierta. Cuando el tendido protesta un cambio de tercio, no está pitando al torero.

Está mirando hacia arriba.